Reflexiones en la funeraria.
Una mañana cualquiera me llamaron por teléfono y no lo tomé. Aún vivía con mis padres, me dejaba llevar por los senderos de la gran vida y de la falsa felicidad, siempre de fiesta, de celebraciones, fumando y bebiendo como un auténtico Cosaco en las estepas rusas. Mi edad… ¡eso no se pregunta!, mi nombre… ¿y a ustedes qué les importa? Volvió a sonar el teléfono e insistí en no tomarlo porque siempre te dicen malas noticias. En casa no había nadie, eran las dos de la tarde y yo seguía en mi cama, tumbado, dejando pasar el tiempo, esperando a mi madre para que me pusiera un buen plato de comida en la mesa y luego a la próxima fiesta. El teléfono seguía sonando y por fin decidí salir de la cama y emerger al mundo de los vivos para dirigirme al salón, donde descolgué el aparato y me dijeron: "tu abuelo ha muerto". Era la voz de mi padre, un poco tartamudo por los convulsos gestos que se manifiestan cuando uno está a punto de llorar. Al instante lamenté haber tomado el...